Producción: Bajo la Arena (Under Sander)
Director: Martin Zandvliet
Año: 2015
Plataforma: Cartelera

 

En 5 líneas esta película:

 

Es de drama

Es efectiva en su mensaje

Tiene buenos personajes

Sabe terminar su historia

Cuenta una historia poco conocida de la II Guerra Mundial

 

   

 

Durante la Segunda Guerra Mundial, las playas del oeste de Dinamarca fueron infestadas con minas, en un intento del ejército alemán por proteger lo que parecía un punto de entrada natural para la invasión de los Aliados a territorio nazi. Al final, la intrusión del enemigo no fue por el norte, sino por este y oeste, la guerra llegó a su fin, los daneses recuperaron su soberanía y más de un millón de minas quedaron ocultas en la arena, esperando. La solución local fue asignar a más de dos mil prisioneros de guerra alemanes para la desactivación de las trampas fatales.

La coproducción danesa-alemana Bajo la Arena se basa en estos hechos para narrar una historia con una mirada diferente a la que estamos acostumbrados respecto al conflicto bélico más famoso de la historia. La historia nos acerca a un grupo de jóvenes prisioneros durante la mortal tarea de limpiar un sector delegado en la playa, mientras son supervisados por el sargento Carl Rasmussen (Roland Møller), oficial danés cuyo desprecio hacia los germanos es externado con brutalidad desde el principio, pero se irá desvaneciendo una vez que se va involucrando con ellos y es testigo de sus miserias.

Se trata de un relato devastador, en el cual el director y guionista Martin Zandvliet ha sabido retratar con sensibilidad y empatía el sentir humano, despojándolo de uniformes militares y banderas. Sin tomar partido, no da pie a un posible discurso radical entre bandos totalmente opuestos en aras de un discurso más vengativo que justiciero, conceptos tan confundidos en la actualidad.

En lugar de esto, es notable la genuina disposición hacia el realismo más neutral posible, aplicado a través de la contenida interpretación coral y la decisión de usar un tono sobrio y directo de parte de la dirección, que evita jugar con el potencial morbo de la premisa. Debido a la autenticidad de la propuesta, es más fuerte el peso del odio de parte del ganador hacia el derrotado, intensificado en el paso del tiempo gracias al creciente contraste entre la actitud de los mandos oficiales del ejército danés y el sargento Rasmussen, conforme el sufrimiento de los muchachos alemanes a su cargo es más palpable, desnudando ante sus ojos el espíritu perverso de la misión.

A pesar del atroz escenario, aún es posible encontrar rayos de esperanza gracias a los momentos de sincera interacción entre prisioneros y capataz, quienes viven una fuerte batalla interna entre el deber y la compasión, el rencor y el perdón. Es una travesía fascinante de presenciar y el resultado es conmovedor, a pesar de la sensación de que fue un poco precipitado el desenlace, comparado con el ritmo del resto del metraje.

El mensaje de Zandvliet es claro, el fin de la guerra no termina con el odio, los genocidios, la violencia… solo los transmite hacia nuevos victimarios, motivados por el rencor y la humillación. No hay diferencia entre suásticas, águilas calvas, martillos y hoces; el odio enraizado en cualquier ideología genera los mismos resultados. Vaya lección.

 

 

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