Producción: Bosch, Cuarta Temporada
Año: 2018
Plataforma: Amazon Prime Video

 

En 5 líneas esta temporada:

Es un giro a la puesta en escena de temporadas previas

Tiene viejos personajes, pero nuevo “universo”

Hay un guiño a la situación migratoria en LA

Da su análisis al problema policial estadounidense y una solución potencial

Tiene elementos para ser la mejor hasta ahora

 

   

 

 

Hablaré a título personal: suscribo el principio del historiador francés Fernand Braudel en el que los individuos son producto de su entorno geográfico. Harry Bosch es el personaje ficticio quien va por encima de ese principio pues él no es de Los Angeles, Los Angeles es de él.

Habiendo repasado la primera novela de Conelly, El Eco Negro, en la tercera temporada, la cuarta retoma El Vuelo del Ángel, una historia abigarrada que se encapsula en una semana de eventos que la hacen una de las mejores –si no es que la mejor a la fecha– además de entrever las problemáticas angelinas raciales, políticas, y migratorias.

El abogado Howard Elias (Clark Johnson) es asesinado en el funicular Los Angeles Fligth. Harry Bosch (Titus Welliver) es llamado a la investigación directamente por parte del jefe de la policía (Lance Reddick), dado su colmillo de detective y su escasa relación con el litigante, esto debido a un juicio de violencia policial que empezaría por esos días y en el cual Elias representaba la defensa, aunado a la investigación sobre la muerte de su madre. Bosch dirigirá un equipo especial para darle una solución expedita: la ciudadanía ha resentido la muerte del jurista y clama justicia a cualquier costo. La teniente Billets (Amy Aquino) es la capitana subrogada a la espera del nuevo elemento. El asesino de Koretown sigue suelto pero los sabuesos de Crate y Barrel (Gregory Cummins, Troy Evans) pareciera que están sobre él; Jerry Edgar (Jamie Hector) se recupera después de su herida de bala y Eleonor (Sarah Clarke) mezcla su ludopatía con una investigación del FBI con la que ambiciona regresar como agente.

 

 

Se dice que la obra de Conelly tiene un colmillo bastante afilado para los tiempos en los que vive, un ejemplo es su última obra The Late Show, publicada en julio del año pasado, en el que la protagonista (Renée Ballard) se ve acosada sexualmente por un oficial de mayor rango, previo a los casos de Harvey Weinstein. Esta temporada no es la excepción pues, retomando elementos de la novela, la trama cuestiona el accionar policial en Estados Unidos. El siguiente tema es la política y la corrupción en las altas esferas y cómo el uso y abuso de poder tiene consecuencias hasta con la comunidad migrante. La historia es más oscura y los personajes se ven forzados a sufrir diferentes aflicciones de manera rápida, pues un acierto de esta temporada es que todo se desarrolla en una semana, siendo un cambio en los tiempos narrativos, relativamente inexistentes en las entregas previas. El elenco repite en muchos papeles y refuerzan este concepto de microuniverso. Esta vez hay poco jazz para el detective, aunque fue suplantado por una madurez inesperada: un protagonista de piel dura pero que es capaz de ser vulnerado y verse indefenso ante situaciones fuera de su control.

El apartado técnico está tan bien logrado que pasa inadvertido. Lo orgánico de las escenas nos hace enfocarnos en los personajes y sus acciones para después fijarnos en lo demás. El aspecto técnico que más resalta es la fotografía, filmada con Red Dragon Weapon, la ciudad se ve prístina ya sea desde el panóptico elevado que es el bastión de Bosch (que en este temporada nos enteramos que su casa es una emboscada) o la plaza de Bunker Hill en el Downtown, Koreatown, Skidrow, el precinto en Hollywood o cualquier parte de la ciudad que sea retratada tiene un toque de pureza en la imagen de la ciudad de Los Angeles.

Esas son las delicias barrocas de nuestro Bosco y su jardín es la ciudad de ángeles.

 

 

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