Producción: El Complot Mongol
Dirección: Sebastian del Amo
Año: 2019
Plataforma: Cartelera

 

En 5 líneas esta película:

Es la segunda adaptación a la icónica novela de Rafael Bernal

Es de un humor es fallido y condescendiente

Representa a los extranjeros como estereotipos

Se aleja de ese estilo callejero y sucio de la novela

Tiene en Damián Alcázar y Roberto Sosa a lo más destacado

 

 

 

En los créditos iniciales se nota un particular detalle. Se trata de una frase, un chiste sacado de la chistera y, por ende, algo forzado: “Hugo Stiglitz por Hugo Stiglitz (chúpate esa Tarantino)”, parece un chistorete insignificante, una referencia ingeniosa. Está claro que no es no porque el septuagenario actor mexicano se interpretara a sí mismo en la película, sino porque el mencionado director estadounidense utilizó el nombre para uno de sus personajes en Bastardos sin Gloria (2009). Pero, ¿cómo para qué hacer la referencia? Si se quiere homenajear al actor, es un intento fallido, porque si alguien sale homenajeado (sin querer o no) es Tarantino. Stiglitz es un personaje menor que apenas y aparece. Lo peor es que después, ya durante el metraje, cierto personaje dice: “Stiglitz, al parecer pertenece a la familia Tarantino” –sin mencionar un tercer guiño al cineasta norteamericano con cierta caja de contenido brillante y desconocido–.

Lo anterior ejemplifica la condición por la cual Sebastián del Amo adapta la icónica novela negra mexicana: fársica y forzada. A diferencia de la primera adaptación al libro de Rafael Bernal dirigida por el español Antonio Eceiza, cuya inclinación iba más por el tono solemne y serio del cine noir; del Amo opta por una cinta llena de humor y referencias ingeniosas, (¿irreverentes? no sé). Por ejemplo, la decisión de utilizar a dos de los personajes más populares de la televisión mexicana: Xavier López Chabelo y, el ahora dedicado al cine, Eugenio Derbez. Esto no es coincidencia considerando que del Amo parece mostrar una debilidad por la cultura popular del cine y televisión mexicana. Sus anteriores películas son las biopics de Juan Orol y Cantinflas.

Sin embargo, esa condición fársica termina por ser demasiado. La ambientación está lejos de ese estilo urbano, sucio y callejero que denota la obra de Bernal, más bien intenta ser condescendiente y llamativo a los estándares del entretenimiento comercial mexicano. Lo peor viene con las caracterizaciones, cuya función cómica de igual manera llega a ser demasiado, rozando en lo ridículo y cayendo, inevitablemente, en el humor barato característico de los sketchs de la televisión mexicana debido a un problema que no debe tomarse a menos: representar a los extranjeros como estereotipos.

Hay tres personajes fundamentales en la historia: un estadounidense, un ruso y una china; el problema no es que tres mexicanos los interpreten, Ari Brickman, Moises Arizmendi y Bárbara Mori, respectivamente, sino la manera en que los personaje son concebidos cinematográficamente, recurriendo a lugares comunes y acentos exagerados. Los extranjeros en El Complot Mongol de del Amo no son actantes en el relato, sino clichés andantes.

Debido a estas cuestiones la historia pasa a segundo plano. Se le da más peso a la comedia que a la trama en sí, lo que sucede es un mero colchón para que la acción avance, pasan muchas cosas y ninguna importa. El suspenso, que en teoría debe crear el hecho de que el punto central sean conspiraciones y complots, es nulo y los sucesos meramente anecdóticos. Si rescatáramos algo sería a Damián Alcázar y al personaje del Licenciado, interpretado por Roberto Sosa, quien pese a tampoco evitar los estereotipos, sus gags del borrachín corrupto terminan por ser adecuados y funcionales. Pero un par de actuaciones destacadas no evitan el veredicto final: una ejecución problemática, chistes con calzador y un fallido intento de ser irreverente.

 

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