Tengo que aceptar que este rollo de escribir sobre películas y series nunca se pone tan divertido como con las de superhéroes. La razón principal es que como en ningún género, lo que vemos en pantalla llega a salas con un séquito preadquirido de fans conocedores. Pero entre toda la selva de dimes y diretes, algo de verdad se esconde. Este fin de semana una de esas verdades resonó en mi cabeza más que nunca.

No hace mucho tiempo, en el 2014 para ser exactos, este género habría llegado a su máximo esplendor. Marvel (Disney), logró entregar un producto fresco, novedoso y esencialmente diferente a lo que veníamos viendo en este tipo de películas. Guardians of the Galaxy fue un éxito inmediato con fans y crítica. La película mostraba a un equipo de antihéroes de apariencia extraña, una trama entretenida y personajes con relativa profundidad. La acción era sobrepuesta al oscuro del espacio sideral (muy a las precuelas de alguna otra franquicia) y se acompañaba con un novedoso soundtrack retro que milagrosamente hacia algún sentido dentro de la trama.

Ahora bien, nada que sean tan bueno está destinado a durar (referencia a The Matrix para quien sepa encontrarla). Recientemente se empezó a sentir un desgaste en la Casa de las Ideas. La primera señal fue con Doctor Strange, la cual fue, sin lugar a equivocarse, una película de machote: personaje necesitado de una lección de vida adquiere poderes que lo ayudan a salvar el día y aprender una lección de vida. Wash, rinse, repeat. Gracias a Dios la secuela de Guardians of the Galaxy, anunciada un par de años atrás, estaba a la vuelta de la esquina ¿no?

Pues no.

Todo el allure que logró la franquicia en su primera entrega parece haber sido masificado y envasado para ser vendido en las tiendas de recuerdos de Disneylandia. En esta secuela la trama parece ser un recurso narrativo para restregarnos rutinas sentimentaloides con diálogos de Grey’s Anatomy. La gran pregunta dramática, ¿quién es Ego y qué está tramando?, está superditada a todos los momentos de ternura que se le puedan exprimir al guapísimo Chris Pratt, incluyendo una improvisada secuencia de confesiones con Yondu (Michael Rooker). Y los accesorios no ayudan, el mismísimo truco de Baby Groot ya había sido satirizado quince años atrás en la primera entrega de Shrek. Bueno, hasta nos incluyeron un relleno con sabor a Sylvester Stallone. Si en su momento nos reímos de los conflictos morales de Batman v. Superman, solo es justo decir que lo de Guardians of the Galaxy Vol. 2 es un producto preempacado con una dosis doble de conservador, que se nos ha vendido desde hace mucho –mucho– tiempo. Se entiende la necesidad de darle profundidad a los personajes de un blockbuster. Pero es evidente la caricaturización de esta profundidad para lograr una ventaja con el público. Es la salida fácil, y una que es cada vez más preponderante en las películas de Marvel.

Guardians of the Galaxy Vol. 2 estará llena de colores, momentos tristes/tiernos y entretenimiento en general, pero no deja de ser una película sumamente dominguera, y una que de haber surgido de las filas de DC estaría en la alcantarilla nadando entre un 20 y un 35% por ciento en Rotten Tomatoes. Seguramente esta secuela logrará salvar algo de trascendencia al aportar elementos a la trama central del MCU; pero lo que más pido a los dioses de la pantalla es que ya se estrene Infinity War, para que dejemos atrás esta era de películas de superhéroes, tal y como lo hicimos con el glam metal, los pantalones de campana y el cross fit.

 

 

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