Producción: Westworld, Segunda Temporada
Año: 2018
Plataforma: HBOGo

 

En 5 líneas esta temporada:

Expandió el universo de la serie

Brindó un poco más del discurso que es su sello

Tuvo un par de episodios excelentes

Coqueteó con la fantasía

Se mostró condescendiente al final

 

 

 

Permítanme desarrollo una simple analogía en un par de enunciados. En la gimnasia, un buen salto de caballo depende de su dificultad, pero cuando todas las marometas ya han sido sorteadas en el aire viene el aterrizaje, el cual puede ser la daga definitiva o el camino a la gloria. Westworld, a lo largo de diez semanas, se vino echando las piruetas más temerarias en su segunda temporada, inclusive acariciando la grandeza con dos o tres episodios, siendo el más destacado Kiksuya, un episodio más bien independiente que nos contó la historia de Akecheta, el líder de la Nación Fantasma. Como es costumbre de la serie, a los fans se nos tuvo adivinando el origen y destino de los múltiples hilos que se nos presentaban. En sus últimos, capítulos la serie tuvo una sensación de fin de ciclo, ya que a todos los personajes principales nos los mataron uno a uno (spoiler y no spoiler), dando la sensación inclusive de que no habría material para una tercera temporada. En la última oportunidad de los escritores de desenmarañar y parchar varios elementos que resultaron buenas ideas en lo individual, al parecer no hubo mucho para donde hacerse más que empacar todo al madrazo para salir del paso.

El desenlace de esta temporada se sintió una mezcla entre los giros inesperados de las muertes de televisión de las soap operas norteamericanas (véase la sátira en Friends de Drake Ramoray) y la pseudotortura psicológica de ver personas de la realidad virtual programadas para sufrir. Por un lado se sintió que todos los personajes principales murieron una o dos veces para después revivir (o prometer revivir). Y por otro lado, aquella aventura que representaba el mayor empuje de esta temporada, La Puerta, resultó ser aquél recurso agotado hasta la muerte de la temporada más reciente de Black Mirror, en la cual la conciencia de las personas son encerradas en un servidor en el que tienen que ser felices o bien sufrir ad infinitum. Por mi parte, yo estoy con Dolores: “Aquello que es real, es irremplazable”.

Esta serie, a lo largo de sus dos temporadas, ha sido marcada por una ambigüedad hacia los huéspedes robot. Por un lado los hizo casi humanos, y no solo en sus habilidades cognitivas, sino también fisiológicas –ya no se diga el sexo– sino el hambre, la sed y lo más extraño de todo: la regeneración celular. En realidad nunca se ha establecido qué tan humanos son los huéspedes y esta condición se usó irresponsablemente. Por otro lado, la condición de los huéspedes se utilizó para brindarle a la serie, originalmente de ciencia ficción (un subgénero de la fantasía) toques de fantasía pura y dura (como subgénero digamos). Aunque hay que decirlo, esta temporada se sintió diferente justamente por esos toques de cyberespiritismo, y en el capítulo final lo disfrutamos mediante las secuencias de Maeve y el fabuloso climax con Clementine, la jinete del apocalípsis. Pero este ir y venir entre lo orgánico y lo artificial, la ciencia y la fantasía, además de abrir lagunas en su mitología, hace que perdamos fe en el compromiso de los escritores con su mitología y la decisiones terminales que toman respecto al destino de los personajes principales. Para la tercera temporada todo es posible: todos los que estaban muertos pueden revivir, los que eran malos ahora pueden ser buenos y viceversa; y lo preocupante es que poco a poco, con tal de buscar el entretenimiento inmediato, se vaya perdiendo la seriedad que alguna vez admiramos de esta serie. Perdemos a Ghost in the Shell y nos quedamos con The Matrix en su lugar. Qué feo está eso.

Westworld es una buea serie, pero cada vez más se empieza a parecer a una creación Nolan, en la que hay que disfrutar lo bueno y tragarse lo malo por igual. Es difícil creer que una serie que disfrutamos a lo largo de nueve capítulos, de repente en su décimo nos caiga mal. Pero ese es el resultado de apostarle tanto al acertijo construido a partir de revolver la historia de más, usando trucos de edición y una línea de tiempo más allá del bien y el mal, y al final no entregas lo que prometiste. En realidad no es tan grave, a final de cuentas, con todas sus fallas, Westworld es una buena adición al acervo de la cultura popular que existe sobre el advenimiento de la inteligencia artificial, el cual inició con Frankenstein (Shelley, 1818), pasó por Metrópolis (Lang, 1927) y recientemente fue recopilado por Blade Runner 2049 (Villeneuve, 2017). La última palabra sobre Westworld no se ha dicho, y esperemos que en un campo de batalla tan serio como el que eligió para morirse, tome la seriedad que merece tal hazaña.

 

 

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